Un arquitecto de mediana edad trabajando en su escritorio de madera con planos y una laptop, mientras que a través del gran ventanal detrás de él se observa un huerto en el jardín.

Permiso para cambiar de opinión: El arte de ajustar velas

¿Alguna vez te sentiste hipócrita por cambiar de opinión?

Imagínate esto:

Marta tiene 34 años y siempre ha sido muy honesta sobre su elección de no tener hijos. Ha estado feliz con su decisión pero, desde hace unos años, se ha ido inclinando hacia la idea de ser mamá.

César, de 45, ha sido un reconocido arquitecto por mucho tiempo, y le encanta su trabajo, pero resulta que hace años descubrió la agricultura. Comenzó a cultivar una pequeña variedad de frutas orgánicas, luego, a vender el excedente y está teniendo una excelente acogida, por lo que ahora está considerando dedicarse de lleno a este proyecto.

Irene, de 26, es corredora. Tiene talento y disciplina, ya es conocida por quedar en el podio de carreras populares y se ha ganado un nombre entre los corredores de su ciudad. Pero últimamente se ha sentido un poco quemada. Un día acompañó a una amiga a pilates y se enganchó; ahora está pensando dejar el running a un lado, aunque sea por un tiempo, para hacer del pilates su entrenamiento fijo.

Lo que estos tres tienen en común es que no solo están lidiando con dudas internas y preguntándose si son inestables o hipócritas por cambiar de opinión sobre cosas que formaban parte de su identidad; también están mortificados por el qué dirá la gente y por si los van a juzgar.

Y es que nos han vendido la idea de que ser fiel a uno mismo significa ser como una estatua: inamovible. Que si dijiste que el rojo era tu color favorito cuando eras adolescente, ya no puedes decir ahora que te gusta el amarillo.

La trampa de la coherencia rígida.

El tabú sobre los cambios de opinión viene muchas veces atado al hecho de que la sociedad «castiga» al que cambia de parecer, poniéndole etiquetas de inestable o falso.

Y aunque la mayoría de la gente inestable se caracteriza por cambiar constantemente de opinión y hasta de identidad, no todo cambio de opinión significa que haya inestabilidad de por medio.

La verdadera coherencia no es repetir exactamente lo mismo la vida entera, sino anclarte en valores estables y actuar según lo que sabes hoy, con la información y las circunstancias del presente. Y eso implica, muchísimas veces, cambios.

Mantener una postura o identidad solo por orgullo o por «el qué dirán» es el camino directo hacia la infelicidad.

El factor madurez emocional

Hacer cambios pensados de parecer, de gustos o de opinión no es un defecto; de hecho, es todo lo contrario: es una gran virtud.

Ser capaz de cambiar denota que puedes procesar información nueva, determinar que te conviene aplicarla y que eres lo suficientemente fuerte para que en tu balanza la sensatez pese más que el qué dirán.

Ajustando las velas

Piensa en un barco: cuando el viento cambia y se avecina una tormenta, un buen capitán no sigue recto hacia el peligro solo por orgullo o por mantener la ruta fija; gira el timón y ajusta las velas.

En la vida real, cambiar de rumbo cuando las circunstancias cambian no es un fracaso, es sabiduría.

El derecho a no dar explicaciones

Otra cosa que pasa cuando cambiamos es que nos echamos encima el peso de asumir que debemos explicaciones por ello. Y la verdad es que no.

El amor y la consideración nos motivan a ser abiertos con las personas que amamos, y eso muchas veces implica que, de forma natural, les actualicemos sobre las novedades en nuestra vida.

Pero recuerda esto: los adultos pueden compartir sus vivencias y escuchar opiniones, pero eso no implica pedirle permiso a otros para tomar decisiones, ni tampoco significa que hayamos firmado ningún contrato que nos obligue a tener que justificar cada cosa que hagamos.

No tienes que explicarle al mundo por qué decidiste cambiar de rumbo. Las llaves de tu paz y estabilidad no son de dominio público.

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